Mi madre me enseñó dignidad, mi abuela sostenía la casa y el mundo me enseñó vergüenza de clase

vergüenza de clase

Por Jonatan Azbat Carrillo

Hace poco, scrolleando en Instagram, me encontré con un término que no había nombrado antes, pero que sentí inmediato en el cuerpo: vergüenza de clase. Me detuve. Volví a ver el video y escucharlo varias veces. Y empecé a analizarme y retroceder en el tiempo, decidí hacer esta columna como un homenaje y una felicitación por el Día de las Madres.

Y mientras más pensaba en escribir esto, más entendía que esta historia no empieza conmigo. Empieza con dos mujeres que hicieron todo lo posible para que yo pudiera habitar el mundo con dignidad: Juliana Carrillo, mi madre, e Inés Peña, mi abuela materna.

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Juliana Carrillo, mi madre.

Crecí sin carencias extremas, pero tampoco con privilegios. Lo suficiente para vivir. Lo suficiente para entender, desde muy niño, que el mundo no se reparte de forma pareja.

Mi infancia transcurrió a las afueras de Guamúchil, Salvador Alvarado, Sinaloa, en un ejido, Tultita, en la casa de mi abuela. Una casa carcomida por el salitre, pegada a un arroyo que cada temporada de lluvias nos recordaba su fragilidad inundándose. Ese era nuestro hogar.

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La casa de mi abuela y el gran terreno que tenía.

Hoy lo pienso y entiendo que aquella casa también era una forma de resistencia.

No había lujos, pero sí había dignidad. Y, sobre todo, había una enseñanza muy clara de mi madre: siempre verme “limpio y bien”. Aunque las cosas fueran difíciles. Aunque el dinero no alcanzara. Ella siempre encontraba la manera de enseñarme que la pobreza no tenía por qué convertirse en abandono.

Tal vez ahí empezó todo.

Porque mientras por fuera parecía que tenía más de lo que realmente tenía, por dentro siempre supe que no encajaba del todo. Era el raro (sigo siendo). El que no terminaba de pertenecer a ningún espacio. El que generaba una especie de duda en los demás: “¿de dónde viene realmente?”

En la infancia, pocas veces otros niños iban a mi casa. No porque no quisiera, sino porque había algo en mí —o en lo que representaba— que no terminaba de conectar con los demás. Ya desde entonces, sin saber nombrarlo, cargaba con una especie de distancia social invisible.

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Yo de niño en donde crecí, la casa de mi abuela Inés.

En la secundaria, esa distancia se volvió más evidente. Estudiaba en la Federal 1, en Guamúchil, en el turno matutino, dentro de una lógica clasista muy clara: la mañana era para quienes “tenían”, mientras que la tarde o la SNTE quedaban relegadas como espacios para los supuestamente pobres. Yo ocupaba ese lugar privilegiado en apariencia, pero mi realidad estaba lejos de sostenerlo.

Así que opté por lo más fácil: ocultar.
Nadie sabía realmente dónde vivía.

No era solo discreción. Era vergüenza de clase.

Durante la preparatoria y la universidad, las cosas no cambiaron mucho. La sensación de estar en medio de dos mundos se hizo más profunda. Porque mientras mi realidad con mi madre y mi abuela estaba marcada por la precariedad digna, mi familia paterna representaba otra cosa: mayor poder adquisitivo, otras posibilidades, otra vida.

Y ahí apareció otro sentimiento incómodo: la comparación.

No me gustaba cómo vivíamos.
No me gustaba lo que eso decía de mí.

Con el tiempo, salir de Guamúchil lo cambió todo. Cambió mi percepción, mis aspiraciones, mis formas de habitar el mundo. Elegí verme distinto. Sentirme distinto. Construirme desde otro lugar.

Pero ese proceso tuvo un costo: me desconecté.

Me desconecté de mi origen, de esa casa salitrosa, de ese arroyo que se desbordaba, de esa infancia donde aprendí a sobrevivir con lo justo. Adopté otros ritmos de vida, otras formas, otros códigos. Y durante mucho tiempo no entendía por qué.

vergüenza de clase

Hoy, después de encontrar ese término por casualidad en una pantalla, entiendo muchas cosas.

La vergüenza de clase no siempre se siente como vergüenza. A veces se disfraza de aspiración. De “superación”. De querer ser alguien más. De alejarte lo más posible de aquello que te recuerda de dónde vienes.

Pero también deja heridas.

Te hace sentir que nunca eres suficiente en ningún lado.
Que no perteneces del todo ni a tu origen ni a tu presente.
Que siempre estás actuando un poco.

Nombrarlo cambia las cosas.

Porque entonces entiendes que no era una falla personal. Que no había nada malo en esa casa, en Tultita, en esa vida. Que lo que estaba mal era la idea de que ciertos espacios no eran para ti.

Y entonces, poco a poco, puedes reconciliarte.

No para romantizar el pasado, sino para dejar de negarlo.
No para volver, sino para integrar.

Y creo que eso también es un homenaje.

A mi abuela, que sostuvo una casa que parecía caerse a pedazos mientras intentaba sostenernos a nosotros también.
Y a mi madre, que incluso en medio de las limitaciones, nunca permitió que yo dejara de sentir dignidad sobre quién era.

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Inés Peña+, mi abuela materna.

Hoy entiendo que muchas de las cosas que soy es gracias a ellas.

Porque al final, siempre podemos hacer algo con lo que somos:
mejorar, crecer y transformarnos.
Pero nunca deberíamos sentir vergüenza de quienes nos enseñaron a sobrevivir.

Feliz Día de las Madres.

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Aviso de responsabilidad:
Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de quien las firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de este medio.

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