Por Rita Tirado Lopez
Hace poco leí una reflexión de Lx Santx Rebelde sobre el uso del término “niñeces” en lugar de “infancias”. La palabra infancia proviene del latín infantia, que significa “quien no puede hablar” o “quien carece de voz”. Y es por eso que el usar el término niñeces se ha vuelta una postura política: reconocerles como personas atravesadas por el mundo, capaces de sentirlo, pensarlo y sobrevivirlo.
Porque en Sinaloa las niñeces no existen al margen de la violencia. Crecen atravesadas por ella, aprenden a nombrarla antes incluso de entenderla por completo y muchas veces solo se vuelven visibles cuando ya fueron reclutadas, desplazadas, desaparecidas o asesinadas.
Mientras organizábamos la cuarta edición del Festivalito Infantil en la sierra, recibí una noticia que atravesó a toda la comunidad de Chirimoyos: el primer niño de la comunidad que había sido reclutado por el crimen organizado falleció. Tenía apenas un día trabajando ahí. El día del festival, mientras conversaba con una señora de la comunidad, me contó lo que había pasado. El niño cayó de una camioneta en movimiento durante un enfrentamiento contra militares y su cabeza fue aplastada, no ví ninguna nota periodística. La comunidad entera entró en luto. Todxs fueron al velorio.
Cuando lxs brigadistas recibimos la noticia, nos llenó de tristeza, pero también de una extraña urgencia por terminar los últimos detalles del festivalito. Como si, frente a tanta muerte, sostener un espacio para las niñeces se volviera todavía más necesario.
Al día siguiente recibí otra noticia: mi sobrino había sido asesinado. Acababa de cumplir 17 años. Era, como muchxs adolescentes en Sinaloa, carne de cañón del crimen organizado. Un plebe más. Los rumores decían que un militar lo había acribillado pensando que era “un contra”. Y entonces no pude dejar de preguntarme: ¿un contra de quién?… porque cuando los muertos son menores de edad pobres, racializados y precarizados, pareciera que las categorías políticas dejan de importar. Ya no hay guerra heroica ni narrativa de justicia. Solo hay niñeces y adolescencias creciendo en territorios donde la violencia se volvió una constante y donde la posibilidad de llegar a la adultez no está garantizada.
Mi familia se vistió de luto. La esposa de mi hermano recibió dinero para solventar los gastos funerarios y un poco más. Y mientras todo eso ocurría, yo no podía dejar de pensar en otra cosa: la culpa. De no haber hecho más, de no haber intervenido antes, de no haber denunciado la negligencia, de no haber podido sacar a mi sobrino de un contexto que parecía tragárselo lentamente. Pero con el paso de los días entendí algo profundamente doloroso: esto no empezó ni terminó con él.
Después del festivalito vi un especial publicado por Revista Espejo sobre las niñeces en Sinaloa. Una de las notas se titula: “¿De qué mueren los menores de edad en Sinaloa?”. Entre las principales causas aparecía la muerte por arma de fuego. Tan solo en 2025 se registraron 60 asesinatos de adolescentes entre los 11 y 17 años.
Y entonces todo hizo clic: Ni el niño de Chirimoyos, ni mi sobrino, ni lxs 60 adolescentes asesinadxs el 2025 son casos aislados. Son parte de una estructura.
En Sinaloa, las niñeces crecen en medio de una socialización cotidiana de la violencia: armas, desplazamientos forzados, desapariciones y abandono institucional forman parte del paisaje cotidiano con el que muchas generaciones han aprendido a sobrevivir. Y no, esto no ocurre solamente porque “tomaron malas decisiones”.
Hablar de niñeces y adolescencias reclutadas implica hablar de pobreza, desigualdad, racismo estructural, violencia familiar, abandono estatal y ausencia de alternativas reales para sus proyectos de vida. Implica reconocer que hay territorios donde el crimen organizado no solo disputa el control de las calles, sino también el imaginario de futuro de las niñeces.
¿Qué posibilidades tiene un menor de edad en la sierra o en las periferias urbanas cuando crecer significa aprender a sobrevivir antes que a soñar? A veces pienso que en Sinaloa no solo estamos perdiendo vidas jóvenes. Estamos perdiendo la capacidad colectiva de imaginar y construir otro futuro para ellxs.
Achille Mbembe utiliza el concepto de necropolítica para hablar de cómo el poder administra la muerte y decide qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden ser desechables. Y quizá eso también explica lo que ocurre en Sinaloa: menores de edad convertidos en objetivos antes de llegar a la adultez y comunidades enteras aprendiendo a sobrevivir en medio de la violencia y el abandono.
Por eso hablar de niñeces en Sinaloa no puede reducirse a discursos moralistas y reduccionistas cada 30 de abril. Hablar de niñeces aquí implica preguntarnos por las condiciones materiales en las que están creciendo miles de niñxs y adolescentes. Implica cuestionar qué tipo de mundo les estamos dejando y qué tanto estamos dispuestxs a transformarlo. Porque ningún adolescente debería convertirse en objetivo militar antes de terminar la preparatoria. Porque ninguna madre debería enterrar a su hijx pensando que era inevitable. Porque ningún niño debería encontrar en el crimen organizado su única posibilidad de pertenencia.
Y porque habitando la periferia entendemos que hay niñeces y adolescencias a las que este Estado les enseñó primero a sobrevivir que a soñar.

D.E.P. Junior.
¿Qué futuro estamos construyendo para las niñeces en Sinaloa?
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Rita Tirado Lopez (Elle, ella, él). Sociólogue y defensore de DDHH en Sinaloa; escribe desde la periferia sobre violencia, comunidad y resistencias.
Desde los márgenes también se piensa el mundo.
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