Habitando la Periferia | ¿Pride o Parade? ¿Qué está pasando con el movimiento LGBT+ en Sinaloa?

¿Qué está pasando con el movimiento LGBT+ en Sinaloa?

Por Rita Tirado Lopez

¿Qué está pasando con el movimiento LGBT+ en Sinaloa? Esa fue la pregunta que atravesó una reunión reciente con algunes activistas de Mazatlán mientras organizábamos las actividades del mes del orgullo. Y quizá esto resume muchas de las tensiones actuales dentro del movimiento LGBT+ en el estado: la institucionalización del movimiento, el capitalismo rosa y el vaciamiento político del pride.

Porque no es ningún secreto que el movimiento LGBT+ ha cambiado profundamente con los años. Por ejemplo , en Mazatlán, lo que comenzó alrededor de 2005 como una movilización para exigir derechos y visibilidad, hoy forma parte de la agenda turística de la ciudad. El pride dejó de ser solamente protesta para convertirse, en espectáculo.

Algo similar ocurre en Ciudad de México, donde históricamente se hablaba de la Marcha del Orgullo LGBT+, pero cada vez es más común escuchar el término Desfile del Orgullo. Y aunque pareciera solamente un cambio discursivo, también refleja una transformación política profunda: pasar de la protesta al espectáculo.

Y no, esto no es un fenómeno exclusivamente local. Basta con revisar un poco la historia del movimiento para entenderlo. En México, uno de los antecedentes más importantes ocurrió el 26 de julio de 1978, cuando integrantes del Frente de Liberación Homosexual participaron en la marcha por el aniversario de la Revolución Cubana. Un año después, en el marco del aniversario de los disturbios de Stonewall, se realizó la primera Marcha Oficial del Orgullo Homosexual en el país.

Porque no está de más decir que los orígenes del pride no nacieron de las corporaciones ni de las campañas institucionales. Nacieron de las revueltas. En 1969, durante una redada policial en el bar Stonewall Inn de Nueva York, personas LGBT+ hartas de la violencia policial y la discriminación sistemática decidieron resistirse. Hubo violencia, enfrentamientos y varios días de protesta.

Hoy, décadas después, muchos de esos espacios son llamados “Pride Parades”: desfiles patrocinados por corporaciones, gobiernos e industrias turísticas donde la protesta se diluye entre marcas y campañas de inclusión cuidadosamente administradas.

Pero incluso la historia de Stonewall no debería entenderse como el único origen universal de la lucha LGBT+. Aunque las narrativas hegemónicas han colocado ese acontecimiento como el gran punto de partida del orgullo moderno, cada país ha tenido sus propias experiencias de resistencia sexual y disidente. De hecho, la primera experiencia de lucha organizada del movimiento LGBT+ por mejores condiciones de libertad sexual ocurrió en Alemania a finales del siglo XIX (P.R.T., 2026).

Además, la historia de Stonewall fue contada de manera incompleta. Durante décadas se invisibilizó que detrás de esa revuelta estuvieron también Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera: una mujer trans negra y una mujer trans latina, trabajadoras sexuales racializadas. Nos tomó más de 50 años saber sus historias y quizá eso explica lo que hoy sucede.

Porque cuando un movimiento pierde memoria política, también corre el riesgo de perder horizonte. A medida que se han conquistado derechos, la lucha LGBT+ también se ha integrado a las instituciones, a modo de comisiones, observatorios, etcétera. Y aunque muchos de esos espacios han sido importantes para generar políticas públicas, también han contribuido a despolitizar ciertas luchas y volverlas compatibles con las narrativas de mercado.

Porque incluso los derechos conquistados bajo el capitalismo no son garantía absoluta de nada. Las empresas pueden apropiarse de nuestros símbolos y vender inclusión cada junio, pero eso no significa justicia social para nuestras comunidades. En Sinaloa, donde la narcoviolencia atraviesa la vida cotidiana y donde las personas LGBT+ seguimos enfrentando precarización y violencia, el orgullo no debería responder únicamente a intereses turísticos o institucionales.

Debería acuerpar a las mujeres trans asesinadas como Zamantha, a las personas LGBT+ desaparecidas, a las dragas que sobreviven en condiciones laborales precarizadas, a las personas no binaries que ni siquiera encontramos espacios reales dentro de sus actividades. Y no hablo de una minoría inexistente. Según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG), más de 340 mil personas mayores de 15 años en México se identifican como no binaries. Además, una de cada cinco de estas personas se autoidentifica como indígena y el 4% como afrodescendiente, recordándonos que las disidencias sexuales y de género también están atravesadas por la raza y la clase.

Porque sí, aunque el discurso de inclusión avance, muchas veces la diversidad que se celebra públicamente sigue siendo la misma diversidad selectiva: blanca, masculina, cisnormativa y rentable. Gran parte de este fenómeno se explica a través del capitalismo rosa: la forma en que el mercado y muchas instituciones convierten las identidades LGBT+ en una oportunidad de consumo mientras las condiciones materiales de vida de gran parte de la comunidad siguen siendo profundamente desiguales.

En lugares como Mazatlán esto se vuelve todavía más evidente. Mientras el pride se integra cada vez más a la oferta turística de la ciudad, muchas personas LGBT+ seguimos viviendo exclusión laboral, violencia familiar, falta de acceso a vivienda y precarización económica. Y las consecuencias de eso son reales. Según datos del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México, la esperanza de vida de las personas trans en América Latina ronda entre los 35 y 37 años. Además, México continúa siendo uno de los países con más transfeminicidios en el mundo, que actualmente enfrenta una ola de transfeminicidios según colectivos como Transcontingenta.

Y no, esto no significa que la celebración sea el problema. La fiesta también ha sido una forma de resistencia para nuestras comunidades. El problema aparece cuando el pride deja de incomodar, cuando la protesta se vuelve desfile, cuando las disidencias se vuelven estrategia de marketing, cuando la inclusión se mide por qué tan rentable resulta nuestra existencia.

Tal vez por eso muches activistas comenzamos a sentir una distancia cada vez mayor con ciertas narrativas actuales del movimiento LGBT+ local. Porque mientras las instituciones celebran la diversidad, hay comunidades enteras sobreviviendo al abandono y la violencia en el mismo territorio.

Quizá el orgullo tendría que volver ahí: a las periferias, a la memoria incómoda, a las cuerpas que históricamente sostuvieron el movimiento incluso cuando nadie quería nombrarlas.

Porque tal vez ya es momento de preguntarnos si queremos un pride… o solamente una parade. Y también sea momento de pensar en una contramarcha del orgullo.

A mis compañerxs que me leen quiero decirles algo: no se dejen engañar. Aunque el capitalismo se ponga una máscara LGBT+ friendly, todavía queda mucho camino por recorrer. Y mientras el movimiento LGBT+ de base no olvide sus orígenes obreros, feministas y negros, seguirá existiendo la posibilidad de disputar el rumbo de nuestras luchas.

Porque habitando la periferia entendemos que mientras existan cuerpas violentadas, precarizadas, desaparecidas y asesinadas, el orgullo seguirá siendo una lucha y no solamente una celebración.

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