Habitando la periferia | ¿Qué tan seguros están nuestros derechos? El HouseHold Voting y la fragilidad de las conquistas feministas

HouseHold Voting y la fragilidad de las conquistas feministas

Por Rita Tirado Lopez 

Pensé que nunca escribiría una columna sobre el derecho al voto de las mujeres. Sin embargo, la propuesta del Household Voting en Estados Unidos volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué tan seguros están realmente nuestros derechos?

El HouseHold Voting es una propuesta impulsada por sectores conservadores en Estados Unidos, que plantea un modelo para sustituir el voto individual por el voto del “hogar”, concentrando la representación política en la figura del jefe de familia. En la práctica, esto significaría devolver el poder político a un solo integrante del hogar, históricamente un hombre (Excélsior, 2026; El Financiero, 2026).

Mi primera reacción fue pensar que se trataba de una noticiafalsa, pero varios medios comenzaron a hacer notas al respecto y resulta que la propuesta en primer lugar fue planteada por una mujer llamada Erika Kirkdirectora ejecutiva de Turning Point USA, en un encuentro donde se abordaron temas como la familia tradicionalla feminidad bíblicael papel de la mujer en la procreación y el llamadovoto en familia“. Mientras seguía investigando, descubríque había todo un movimiento de mujeres llamado Tradwifeque llevan un estilo de vida “tradicional”, pero eso me llevó a un análisis todavía más profundo.

Cada cierto tiempo el patriarcado nos recuerda que ninguno de nuestros derechos es definitivo. Nos gusta pensar que la historia avanza en línea recta, que una vez conquistado un derecho nadie volverá a cuestionarlo. Pero basta mirar el avance de las nuevas derechas en distintas partes del mundo para entender que los derechos también pueden retroceder. No desaparecen de un día para otro; primero se relativizan, después se cuestionan y finalmente vuelven a ponerse sobre la mesa como si nunca hubieran sido conquistados.

Por eso distintas colectivas feministas ya han alertado sobre el peligro de propuestas como esta. No porque crean que mañana desaparecerá el sufragio femenino en todo el mundo, sino porque saben que los derechos nunca son irreversibles y que los discursos reaccionarios suelen comenzar cuestionando aquello que parecía indiscutible.

Mientras leía esa noticia no pude evitar pensar en las reflexiones que los feminismos descoloniales nos han traído.Quizá una de las trampas del feminismo hegemónico fue hacernos creer que la historia de la emancipación femenina comenzó cuando las mujeres blancas de clase alta reclamaron el derecho a salir del espacio doméstico.

Pero basta con saber un poco de historia para darse cuenta de que esa no es la historia completa. Como han señalado pensadoras de los feminismos negros y descoloniales como Mikaela Drullard, Ochy Curiel o Yuderkys Espinosa, la categoría universal de “la mujer” ocultó profundas diferencias de raza, clase y colonialidad. El relato dominante de la emancipación femenina terminó construyéndose alrededor de la experiencia de mujeres blancas, burguesas y occidentales, como si esa hubiera sido la historia de todas.

Mientras algunas mujeres luchaban por salir del espacio doméstico, otras llevaban siglos sosteniendo los hogares ajenos. Las mujeres negras, indigenas, campesinas, siempre han tenido que trabajar. Las mujeres esclavizadas sostenían la riqueza de otros con su trabajo forzado. Las empleadas del hogar limpiaban casas ajenas mientras dejaban las propias esperando su regreso. Las trabajadoras sexuales sobrevivían en economías atravesadas por la violencia patriarcal y colonial.

Por eso me resulta insuficiente hablar del sufragio femenino como si todas hubieran partido del mismo lugar. Es cierto, ninguna mujer podía votar, pero incluso cuando las mujeres blancas ricas consiguieron el voto, millones de mujeres negras siguieron enfrentando mecanismos de segregación racial que les impedían ejercer ese derecho en igualdad de condiciones. Y esa diferencia es importante porque cambia por completo la manera en que entendemos la historia de nuestras luchas. Mientras que para unas se trataba únicamente de conquistar derechos políticos para otras se trataba de solo sobrevivir.

Podría parecer que esta discusión pertenece únicamente a Estados Unidos. Pero también nos interpela en México. La colonización española, el borrado sistemático de los pueblos originarios. Y mucho más recientemente, seguimos viendo cómo los derechos sexuales y reproductivos se disputan elección tras elección, cómo los discursos anti derechos ganan espacios en la política y cómo la violencia patriarcal desborda nuestra vida cotidiana.

En el papel, México cuenta con algunas de las reformas más progresistas del Sur Global en materia de igualdad de género. Pero los derechos escritos no bastan cuando la realidad sigue siendo profundamente desigual. 

Porque los derechos no viven únicamente en las constituciones; viven (o dejan de vivir) en la vida cotidiana de quienes deberían poder ejercerlos. Ser mujer en México sigue implicando enfrentar un riesgo permanente de violencia. Las leyes importan, sí, pero también importa la voluntad política para hacerlas cumplir y las condiciones materiales que permitan ejercerlas.

En Sinaloa las mujeres enfrentan una crisis diferenciada a raíz de esta narco guerra vigente desde el 2025 en el territorio, Sinaloa encabeza la lista nacional de violencia letal contra las mujeres, consolidándose como el estado más peligroso del país para ser mujer durante 2025 y 2026. Hasta abril de este año se registraron 28 feminicidios, un crecimiento del 60% en comparación con los primeros meses de 2025, según datos del Observatorio del Feminicidio de la Universidad Autónoma de Sinaloa (NMás+, 2026).

Además, en materia de violencia doméstica, se registraron 19 denuncias diarias en el primer trimestre de 2026, superando la tasa nacional con 53.58 delitos por cada 100 mil habitantes (Emeequis, 2026). Estas cifras demuestran que en Sinaloa la discusión nunca ha sido únicamente sobre el reconocimiento formal de nuestros derechos. Sino sobre la posibilidad real de ejercerlos sin miedo. Porque de poco sirve hablar de igualdad jurídica cuando la violencia sigue condicionando la forma en que habitamos el espacio público, participamos en política o simplemente permanecemos con vida.

Quizá por eso la pregunta nunca fue solamente si pueden quitarnos el derecho al voto. Sino qué tan seguras están nuestras conquistas cuando quienes detentan el poder siguen imaginando un mundo donde nuestros derechos pueden volver a ponerse sobre la mesa como si fueran un privilegio y no el resultado de siglos de organización y lucha colectiva.

Durante mucho tiempo nos dijeron que la historia del feminismo era la historia de un avance lineal: un derecho detrás de otro, siempre hacia adelante. Pero basta mirar el presente para entender que la historia también puede revertirse.

Quizá por eso los feminismos descoloniales insisten tanto en la memoria. Porque recordar quiénes lucharon, quiénes fueron borradas y quiénes siguen sosteniendo la vida también es una forma de defender el futuro.

No escribo esto para restarle importancia al sufragio. Todo lo contrario. Lo escribo para recordar que incluso una conquista tan importante como el voto fue vivida de manera profundamente distinta dependiendo del color de la piel, la clase social, el territorio y la condición colonial de cada mujer.

Y también para no olvidar que los derechos conquistados bajo el capitalismo y el patriarcado nunca llegan para quedarse por sí solos. Hay que defenderlos, ejercerlos y volver a organizarnos una y otra vez. Porque si la historia nos ha enseñado algo, es que ningún derecho es irreversible cuando quienes detentan el poder siguen soñando con arrebatárnoslo.

Porque en habitando la periferia entendemos que ningún derecho es eterno cuando la memoria se vuelve frágil. Defender nuestras conquistas también implica recordar que fueron posibles gracias a mujeres negras, indígenas, campesinas, obreras, trabajadoras sexuales y disidencias que lucharon mucho antes de que el feminismo se volviera una palabra aceptable en las instituciones. Y también implica asumir que será nuestra responsabilidad impedir que esas conquistas vuelvan a ponerse en duda.

El HouseHold Voting y la fragilidad de las conquistas feministas

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Rita Tirado Lopez (Elle, ella, él). Sociólogue y defensore de DDHH en Sinaloa; escribe desde la periferia sobre violencia, comunidad y resistencias.

Desde los márgenes también se piensa el mundo.

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