La montaña mágica o de las abstracciones

Por Cruz Gonzaléz Astorga

“llevaba sobre sus hombros esa supuesta cultura superior que la clase alta, en cuyas manos está la democracia de las ciudades libres, transmite a sus hijos” Thomas Mann

“La Montana Mágica” es una de las novelas más emblemáticas del siglo pasado, publicada en 1924; constituye una mirada de conjunto de las distintas personalidades que coinciden por azares de la vida en un sanatorio situado en la montaña.

Las bellas (y monótonas) descripciones paisajistas pasan desapercibidas para los personajes, sólo la nieve les atrae para practicar ciertos deportes y pasear en trineos. Para el autor resulta vital, porque es en la Montaña donde se desarrolla la trama de la novela, y, desde las alturas como se observa el mundo de abajo, con sus rutinas enfermizas.

Las características de los héroes llevan sobre sus hombros la esencia de la civilización europea; los rasgos que la distinguen de otras culturas. La novela se enfoca en la clase burguesa, a la que pertenecía Thomas Mann.

“La Montaña Mágica” tiene vasos comunicativos con otras novelas publicadas por esos años como “El Hombre sin Atributos” de Robert Musil (1930-1943) y la trilogía “Los Sonámbulos” de Hermann Broch (1931-1932).

Cada uno de estos autores, a su manera, expresan una mirada de preocupación y asombro del hombre europeo. Compartieron el mismo tiempo histórico, por lo tanto, padecieron los estragos de la primera guerra mundial.

El máximo honor de la civilización europea es ese momento lo contenía el uniforme. Otra novela que nos habla de ello fue escrita por Jaroslav Hašek, titulada “las aventuras del buen soldado Švejk”.

Contrario a Mann, Musil y Broch, Hašek no muestra una preocupación por su héroe, que sí participan en la guerra de manera directa (considerado un imbécil, en toda la extensión de la palabra); no diserta ni filosofa en las montañas o se encierra en su departamento pensando en su futuro o el destino de sus propiedades; al no poseer nada, Švejk se lanza al campo de batalla sin la menor preocupación de lo que pueda sucederle.

El soldado Švejk, no se inquieta por saber quién va ganando la guerra, ni quién la pierde, su razón de ser consiste en burlarse de la misma; siguiendo la tradición de Cervantes en “el Quijote de la Mancha”, Jaroslav Hašek se mofa del tema principal de su época; la participación en la guerra y la razón de ser (si es que hay razón) de la guerra.

Regresamos a Mann; el héroe de “la Montaña Mágica” lo constituye Hans Castorp, quien, al decir del autor, “no era un genio ni un imbécil”. En el Sanatorio Internacional Berghof, alejado del dinamismo de la pujante civilización europea, siguió siendo ese recipiente donde todos van y arrojan las sobras de su vaso de agua: Hans Castorp era “un hombre mediocre, eso sí, en uno de los sentidos más honrosos del término”.

Otro de los vínculos entre los autores citados es la mediocridad de sus héroes; ni producían, ni planeaban el futuro, ni se enlistaban en el ejército, ni eran científicos, ni practicaban alguna expresión artística, ¿qué eran?, ¡mediocres, de esos mediocres que provocan simpatía por ingenuos o carentes de malicia.

Hans Castorp no tenía sueños en sí, ni del trabajo que lo esperaba en la ciudad, ni de mantenerse en la montaña con los enfermos, es más, ni el paisaje le deslumbraba, vivía pasar el momento, sobrellevar la vida, y enamorarse de una mujer rusa, ajena para él, enferma como él.

Mann va arrojando pistas de un momento histórico donde los detalles a veces pasan desapercibidos, y son los que alimentan la tradición psicoanalítica… “los efectos negativos, consecuencia de la época en que vive un individuo, pueden repercutir también en su organismo físico”.

No habla de la guerra, pero se sobreentiende que allá abajo hay conflictos entre las naciones, y las consecuencias han llevado a personas como Hans Castorp a internarse a la montaña para sanar su organismo delicado.

La clase social a la que pertenece Hans, es la que puede darse el lujo de reposar el cuerpo en un clima frío durante el tiempo que requiera, incluso el resto de su vida. Son las otras clases las que revientan en los centros industriales o bajo la lluvia de balas.

Thomas Mann es consciente de este conflicto de clases, y no escatima en llamar las cosas por su nombre: los burgueses. Quizá lo más interesante de la novela, además de su estructura y forma artística, consiste en mantener una forma musical en sus más de mil páginas, una sobriedad típica de la prosa alemana; ni se embelesa con lirismos románticos, ni se ofusca en frases rebuscadas o bellas.

La prosa de Mann es accesible a todo público, la ambientación no tanto, y es aquí donde entramos en el debate de lo que significa leer. Por experiencia propia, los referentes históricos y literarios alrededor de una obra y autor facilitan su comprensión, una búsqueda de los factores que la componen para adentrarse en la mente del autor, tanto en su parte creativa como filosófica.

“La Metamorfosis” de Franz Kafka es una obra maravillosa, para Canetti la mejor artísticamente del siglo anterior, una metáfora de lo aplastante de lo grande sobre lo pequeño, también puede interpretarse como la negación de lo diferente, aspectos que caracterizaron el Siglo XX, y se agudizan en el que transitamos en este momento.

En el caso de “la Montaña Mágica”, el autor mantiene un equilibrio entre la historia de la novela y sus aspectos artísticos. No pretendo comparar a Thomas Mann con Franz Kafka, pero ambos, con sus notables diferencias, pudieran ser los escritores más representativos en la narrativa alemana de los últimos tiempos.

Cada uno es grandioso a su manera; Kafka en las pequeñas historias deja entrever, como cuando el telón del teatro no se cierra por completo, lo que hay en el escenario tras bambalinas; Mann presenta historias de una comunidad de enfermos, condicionados por una sociedad que busca controlar e imponer a la ciudadanía un futuro no elegido.

Castorp “no estaba hecho para trabajar. Un trabajo duro irritaba sus nervios, lo agotaba enseguida, y Hans Castorp reconocía con franqueza que, en realidad, amaba mucho más el tiempo libre, en que no tenía que soportar el plúmbeo peso del esfuerzo”.

Aceptó las recomendaciones del doctor Heidekind de cambiar de aires, decidiendo subir a la montaña por un lapso de tres semanas, qué mejor que hacerlo al lado de su querido primo Joachim Ziemssen.

En la montaña conoció todo tipo de personalidades, todas de la condición social de Hans Castrop, porque hay que decirlo, sin recursos económicos no se puede asistir a ese tipo de retiro al aire libro bajo la supervisión constante de los doctores.

Con las estrictas medidas y condiciones del sanatorio, donde según el problema era la agrupación a la que se integraba, como “la sociedad medio pulmón”, “el círculo de los polacos o la comunidad de los rusos”. Castorp se sentaba al lado de su primo Joachim, como oyente en un ambiente de enfermos, sin tener conciencia que pronto se sumará como un enfermo más por problemas pulmonares.

La estancia se vuelve un juego psicológico, rutinario; el tiempo se mide de distinta manera a las conocidas en las ciudades, a través de periodos o unidades; seis meses, un año, un mes, los que dictamine el doctor.

Filosofar sobre el tiempo es un pasatiempo de los internos, incidiendo en pensar sobre lo que es el tiempo, su existencia e importancia. Lo destacable de la novela son los diálogos; Hans Castrop conoció a Settembrini, escritor y parlanchín que intimida a sus interlocutores con su vasta cultura grecolatina, ganándoselo como uno de sus alumnos.

Lodovico Settembrini comenta a Castorp “la crítica es el origen del progreso y la ilustración”, y tiene razón, la crítica al mundo medieval. A los diálogos, a los cuales se sumaría más tarde Naphta, desfilan personalidades de las ciencias y las artes como Petrarca, el poeta Virgilio, Boccaccio, Prometeo, Dante, Brunetto Latini, Voltaire, Galileo, Goethe, Hegel, Karl Marx, Lafayette, Napoleón, Franklin, Washington, Garibaldi, Jesús, Homero, Lutero, Thot, Hermes Trismegisto, Alejandro, César. Lassalle, Haeckel, la revolución francesa, la revolución industrial y desde luego anteponiendo lo pantagruélico por el nombre del maestro y fundador de la novela, Rabelais.

Settembrini se vanagloriaba de su patria italiana por inventar la pólvora “que había hecho saltar por los aires el corazón del feudalismo”, de la imprenta “por difundir las ideas democráticas”, cuna de “la ilustración, la cultura y la libertad”.

Dilataba sobre la ilustración, los fenómenos europeos que con los años se trasladaron a los países americanos con el lenguaje de los libertadores primeros, y las leyes constitucionales después.

¿Qué era el humanismo? “El amor a la humanidad, también era rebelión contra todo cuanto mancillara y deshonrara la idea de humanidad”, porque la Edad Media se estancó “en el desprecio del hombre” y de “ausencia de formas bellas”.

Settembrini representaba las ideas del humanismo, fungió como tutor de Castorp, ese niño mimado por la vida, enseñándole las buenas letras. La presencia de Madame Chauchat le incita al amor platónico, dándole un vuelco de espera prolongada, anhelo de volver a ver a su amada Clavdia.

Hans Castorp viene a representar la mediación entre Lodovico Settembrini y Leo Naphta; dos mundos completamente diferentes, contrastantes, incapaces de convivir en un espacio geográfico.

Esos mundos representados en las alturas del sanatorio son los que se enfrentan abajo en las ciudades y países; intolerantes unos del otro, quizá en esas agrias discusiones el autor quiso advertir lo que conllevaría a ambos personajes (Settembrini y Naphta); el duelo, y a las naciones; la guerra.

Desde esa perspectiva a Europa le espera la guerra; la tempestad sucedió con el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo. También existe otra interpretación, la confrontación entre las ideas de occidente y oriente; el progreso contra el misticismo medieval, mismo que conduce a la guerra.

Junto a la anterior hay una versión menos trágica, el debate filosófico; Naphta representa el mundo medieval, y Settembrino la modernidad.  Las pasiones humanas por imponer su mundo por sobre otros mundos, de la misma manera tienen como escenario próximo el uso de la fuerza.

¿Tiene el mundo otra salida? Tal parece que no, si lo miramos desde la novela, y en ese sentido Thomas Mann fue un visionario, supo leer el contenido del siglo veinte en su complejidad y contrastes. No es casual que, al leerla, encontremos los indicadores para comprender nuestro caótico mundo actual, arropado por el símbolo de la violencia.

Reducir la obra de Mann como hace Gabriel Jackson, profesor de Historia Moderna de la Universidad de California, como “novela política”, implica descartar los fundamentos de la misma. “La Montaña Mágica” no es una novela política, aunque hable de política, tampoco filosófica por abordar principios de filosofía o matemáticas.

Llegamos al punto nodal de la discusión, ¿Cuáles son las características de la extraordinaria novela de Thomas Mann? Desde mi visión de la literatura la obra puede englobarse en la novela total. ¿En qué cosiste? Precisamente en no encontrar clasificación o referencias; una obra que abarca variados aspectos de la vida y el conocimiento, sin que pueda ser una cosa u otra.

La Montaña Mágica es una novela de una comunidad de enfermos situada en la montaña, habla de los padecimientos de algunos internos, y éstos, al provenir de distintos puntos de Europa o Asia, llevan consigo sus costumbres, ideas y modismos, lo que llena de colorido las conversaciones de los encuentros.

Es la conversación el recurso literario por excelencia de Thomas Mann, desde ella se expande por universos insospechados de la vida. El autor sabe lo que quiere, capturar una postal del momento histórico previo a la primera guerra mundial, tal vez con la idea de prevenirla.

La novela penetra en los resquicios de la humanidad que ningún arte puede llegar, lo es todo sin una precisa clasificación, de esa manera ni Kundera es un escritor de novelas filosóficas, ni Víctor Hugo de la novela histórica, ni Anatole France un novelista de parodias, ni Cervantes un escritor de aventuras fantásticas, bueno sí lo es, pero no sólo eso, es mucho más.

De la misma manera Thomas Mann escribió “la Montaña Mágica”, como advertencia de los tiempos que se avecinaban. Settembrini planteaba como “pilar del hombre occidental, a pesar de todas las doctrinas del mundo, es de la razón, el análisis, la acción y el progreso”.

La razón del humanismo aplicada a la realidad, se queda sin argumentos, y el progreso, al que aluden los inversionistas y funcionarios de Estado, la oportunidad de hacerse de las riquezas de los territorios alejados de la patria donde afincaron su capital.

En otro momento el italiano, al discutir con Naphta sobre el Estado moderno, expone lo que ningún defensor del nacionalismo se atreve: “La guerra, señor mío, se ha llevado a cabo en nombre del progreso”.

Naphta responde: “enseñaron a los pueblos a diferenciarse entre sí, y fomentaron el desarrollo de la idea de Estado nacional”. En otro apartado de la discusión replica lo siguiente: “Y, en cuanto a la pérdida de la dignidad humana, su historia coincide exactamente con la del espíritu burgués. Todo lo que enseñaron el Renacimiento y la Ilustración, así como las ciencias naturales y las doctrinas económicas del siglo diecinueve, pero absolutamente todo, ha contribuido de alguna manera a esta pérdida”.

Ambos mentores, cultos en lo que compete a sus áreas de conocimiento, intentaron atraer para sí el espíritu endeble de Castorp. ¿Qué papel representaba Hans Castorp ante los jaloneos de uno y otro?, ¿ante la visión medieval y moderna?, ¿a la fría e indiferente Alemania? Sólo son conjeturas.

“El verdadero resultado de la tan celebrada Revolución francesa era el Estado burgués capitalista, ¿menudo negocio!”, afirma Naphta para continuar después: “No dejaba de ser divertido: un levantamiento para derrocar la tiranía revolucionaria en favor de la reaccionaria dominación de los príncipes…, y, para colmo, je. je, je…, en nombre de la libertad…”

La réplica de Naphta hacia el liberalismo de Settembrini lo coloca, junto a su mundo medieval, a un callejón sin salida. Tal vez, estoy suponiendo, Thomas Mann en “la Montaña Mágica” trata de decirnos que la modernidad nos lleva a la destrucción de la propia civilización occidental, del mundo burgués al que pertenece.

Naphta destruye las ilusiones del romanticismo capitalista y su ideario de progreso, al mismo tiempo que destruye los argumentos de su rival, Settembrini: “su ideal de humanidad ya no va a ninguna parte. Incluso ahora ya no es más que una reliquia de otro tiempo, un recuerdo clasicista obsoleto, una entelequia absurda que sólo incita al bostezo”

Con su novela Mann nos dice que el ideal de humanidad de nuestra sociedad no va a ninguna parte. ¿Sólo nos quedad cerrar los ojos al abrigo de la eternidad? Quizá quitarnos el abrigo de la eternidad para darnos cuenta que somos hijos del presente que constituye nuestro estar aquí en la historia, y que el mañana o la eternidad se cimentan desde ese estar aquí.

Pobre Hans Castrop, el niño mimado por la vida fue arrastrado por la vorágine de la guerra, y por ella fue devorado.

“¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Adónde nos ha transportado el sueño?” Pregunta Thomas Mann antes de concluir la novela. Se responde: “Estamos en el mundo de aquí abajo, en la guerra. Somos tímidas sombras…”

No le falta razón a Mann, somos tímidas sombras que han perdido el cuerpo, sombras sin espíritu, sin vida… “¿Será posible que de esta bacanal de la muerte, surja alguna vez el amor?”

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