Brasil, y la apuesta del partido que también juega México

Por Néstor.

“Antes que nada, el fútbol es una batalla psicológica, el aspecto humano tiene un papel significativo”
Sócrates Da Souza.

Brasil no elegirá solamente presidente el próximo 25 de octubre. También definirá parte del rumbo político de América Latina. Flávio Bolsonaro llegó primero a la segunda vuelta, con alrededor de 47% de los votos, frente a cerca de 45% de Lula. La diferencia es estrecha, pero sus consecuencias pueden terminar con la izquierda en Latinoamérica.

La disputa es conocida: quién gobierna realmente, los pueblos mediante sus instituciones democráticas o los grandes intereses económicos capaces de influir sobre ellas. Hoy esa influencia opera no sólo mediante presiones diplomáticas o financiamiento político, sino también a través de mercados, plataformas, medios, entretenimiento y narrativas. Y pocas cosas penetran tanto en la cultura popular como el fútbol.

En 2025, los 20 clubes de la Serie A brasileña tenían patrocinadores vinculados con apuestas y 18 llevaban una bet como patrocinador principal. Cerca de mil millones de reales circulaban alrededor de esos contratos. Ya no era sólo publicidad: el capital ocupaba camisetas, transmisiones, redes y conversaciones cotidianas. No compra automáticamente votos, pero sí obtiene presencia, normalización y capacidad de presión.

Lula decidió cerrar esa llave. El 25 de septiembre prohibió, mediante una medida provisional, la explotación, intermediación y publicidad de las apuestas de cuota fija.

Por eso Brasil no debe analizarse únicamente desde la cancha, una eventual derrota de Lula reforzaría el giro regional hacia la derecha y acercaría a Brasil a Trump, México debe mirar con atención: ambos países son los principales contrapesos políticos, económicos y demográficos de América Latina. Si Brasil cambia de rumbo, México podría quedar más expuesto a las presiones comerciales, migratorias y diplomáticas de Estados Unidos.

Pero Morena debe aprender una lección incómoda: la izquierda no pierde sólo cuando la derecha es más fuerte; también cuando gobierna mal, comunica peor y permite que sus adversarios definan el significado de sus errores, no bastan los programas sociales, la soberanía discursiva ni las denuncias contra las élites. La izquierda debe ofrecer seguridad, crecimiento, servicios públicos eficaces, honestidad y soluciones concretas. Cuando falla, entrega a la derecha un argumento poderoso: que el cambio social equivale a desorden, incompetencia o privilegios para una nueva clase política.

Morena tampoco puede confundir popularidad con organización ni depender indefinidamente de un solo liderazgo. Necesita institucionalizarse, formar cuadros, transparentar decisiones, profesionalizar gobiernos y resolver sus conflictos internos. La lealtad no puede sustituir al debate, ni las candidaturas convertirse en el centro de la vida partidista, debe corregir los errores de la izquierda latinoamericana: improvisación, debilidad institucional, soberbia, mala ejecución, desatención a las clases medias, ruptura con sectores productivos, subestimación de la seguridad y la idea de que toda crítica es una conspiración.

La batalla cultural tampoco se gana sólo desde el gobierno. Se gana escuchando a la sociedad, atendiendo a los jóvenes, defendiendo la cultura popular y dialogando con clases medias, empresarios nacionales, universidades y organizaciones civiles. La derecha con los fachos y sus tentáculos no necesitan convencer a todos, le basta con aprovechar el cansancio, el miedo y la decepción. México debe defender la soberanía sin aislarse, regular al capital sin ahuyentar la producción, combatir la desigualdad sin destruir la inversión y construir seguridad sin renunciar a los derechos humanos. La defensa del gobierno no puede reducirse a cerrar filas, debe sostenerse con resultados.

Si Lula resiste, Brasil y México conservarán mayores márgenes de autonomía latinoamericana. Si Brasil gira, México podría quedar más solo frente a Washington. Pero incluso una victoria de Lula no garantizaría nada para Morena:

las victorias electorales no son permanentes, Brasil disputa una presidencia, pero también el rumbo de América Latina: subordinación a los grandes capitales o soberanía desde sus democracias.

Sócrates entendió que fútbol y democracia podían jugar en el mismo equipo. Brasil tendrá que demostrarlo nuevamente. México también y Morena no debe aprender sólo a ganar elecciones, sino a gobernar mejor, corregirse a tiempo y construir una izquierda democrática capaz de sobrevivir a sus liderazgos y crisis.

Por que el joga bonito no debería convertirse en el “juego por dinero” , pero tampoco en el juego de la improvisación y la autocomplacencia, México debe mirar el marcador. Algunas elecciones se juegan en otro país, pero sus consecuencias cruzan todas las fronteras.

Como decía Sócrates:

“Si yo estuviera del otro lado, no del lado de la gente, no habría nadie que escuchara mis opiniones”.

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