Política, Cultura y Comunidad | Las rebeliones de Tomochic y Temosachic

Política, Cultura y Comunidad | Las rebeliones de Tomochic y Temosachic

Por: Cruz Antonio González

Fue Carlos Marx quien escribió que la historia se repite; primero como tragedia, después como comedia, en alusión a las mascaradas asumidas en las distintas fases de la revolución francesa cuando la burguesía decide controlar también el poder político, para expandir el desarrollo económico hacia otras latitudes.

En el caso de la historia de México, la reiteración no trasciende la tragedia; los métodos empleados no han variado desde la independencia, sea para el caso de los indígenas o los mestizos campesinos, recientemente con los obreros de las ciudades y la especulación financiera; la fórmula es sencilla, las tierras donde las empresas y ricos empresarios ponen la mirada, el ejército hace una limpia mediante la fuerza, o en todo caso los llamados generadores de violencia, por eso los desplazamientos que sobrepasa a pueblos, abarcando regiones, sea en la sierra o el valle.

Independientemente del instrumento, y esto vale también para los métodos democráticos como las encuestas, a los campesinos se les despoja de sus territorios como en Ohuira, la empresa GPO (Gas y Petroquímica de Occidente), filial del grupo suizo-alemán Proman para la producción de fertilizantes, metanol y gas, desea instalarse por encima de los intereses de las comunidades donde se derramarán los desechos tóxicos, teniendo el beneplácito de las autoridades federales y estatales.

El aprovechamiento y destrucción de la bahía de Ohuira es el presente, en el pasado lo fue Tomochic y Temosachic, hay una centuria de distancia con el mismo objetivo, adueñarse de la tierra de los campesinos.

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El libro “Tomochic” me fue recomendado en 1998 por un maestro de primaria, escrito por el exmilitar convertido en periodista, Heriberto Frías. No puedo decir que me conmovió el relato, redactado desde adentro del ejército, tampoco me fue indiferente, dejó preguntas al aire, como otros autores, queriendo darles forma y comprensión.

El “Tomochic” de Heriberto Frías me pareció la historia de una rebelión mediada por el fanatismo religioso y el excesivo uso de la fuerza del gobierno federal en manos del dictador Porfirio Díaz. Después le sumé otras lecturas, como la de José C. Valadés “Porfirio Díaz contra el gran poder de Dios” donde la sinaloense Teresa Urrea juega un papel importante para aglutinar e impulsar moralmente a los campesinos a la guerra.

Valadés destaca otros factores como los ajustes fiscales para centralización de los impuestos, y, el que más me llama la atención; el desplazamiento de poblaciones enteras, como limpieza “del problema”, para facilitar el asentamiento de empresas relacionadas con la minería y los bosques.

Dejaremos de lado el “Tomochic” de Heriberto Frías, y centraremos la atención en el texto de José C. Valadés donde los partidarios de “el gran poder de Dios” se opusieron a las iniciativas de Díaz, defendiendo con sus vidas los recursos naturales en la sierra de Chihuahua.

Se ha confabulado mucho del fanatismo religioso en esta zona como incentivo de rebelión, hace unos días me topé con “Vida de Jesús” de Ernest Renan, un libro que profundiza en las raíces culturales, lingüísticas e históricas de Jesús; el contexto donde nació y creció. Renan desmenuza hasta donde los datos le son posible, arrojando información sobre las curaciones de Jesús, siendo interpretadas en la biblia como milagros, el autor nos dice que eran prácticas compartidas en esa época la curación mediante rituales y yerbas.

Tal tradición de sanación practicaba Teresa Urrea Chávez, mejor conocida como “la Santa de Cabora”. Nacida el 15 de octubre de 1872 en Ocoroni, un pueblito de Sinaloa Municipio, modificó su domicilio hacia el vecino estado de Sonora por decisión del padre que sentí el acecho de los seguidores, pero también de las autoridades.

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Valadés describe físicamente a Teresa Urrea con marcada ascendencia árabe “por su inteligencia y belleza infantil. Tenía grandes, vivaces y hermosos ojos negros”, las fotografías disponibles así lo confirman.

Lauro Aguirre cuenta en la biografía sobre Teresa que, a los 13 años, justo cuando “sufrió unos ataques epilépticos y estáticos… comenzó a ejercer la facultad de curar”. En otro de los apartados de la cita que hace Valadés dice: “La joven Urrea no usa más sustancias para curar, que la tierra con saliva”.

Se hizo famosa, y de todos los rincones la visitaban personas que requerían sus servicios de sanadora, entre ellos los pobladores de Tomochic. Se cuenta que los temas más abordados en los encuentros con Teresa eran “sobre los abusos del clero católico, impugnando algunas prácticas”:

La trayectoria de Teresa Urrea hubiese pasado desapercibida en el plano político-social, así lo interpreto, de no ser por el encuentro con el ingeniero Lauro Aguirre, fue este quien, con toda la intención de aprovechar el impacto de la sanadora en los feligreses, la vinculó con la rebelión social al percatarse del impacto que generaba en los pueblos, sobre todo de la sierra.

La campaña de Aguirre contra al régimen de Díaz, tomó fuerza al lado de Teresa, señalando la herejía del gobierno al blasfemar contra el sagrado “poder de Dios”, por esa razón “el Estado era el enemigo de la verdadera religión”, y contra ese poder, incitó a los pobladores a rebelarse.

Hasta este punto “la Santa de Cabora” juega un papel protagónico en el libro de José C. Valadés, posteriormente es sustituida por los pobladores de Tomochic y sus problemas relacionados con la tierra. El autor entiende que no se puede explicar el conflicto sólo desde el punto de vista religioso o militar, es un pleito de intereses entre la parte oficial y el campesinado de la sierra de Chihuahua, o como decía Marx, entre clases sociales.

Si bien es cierto prevalecía una crisis económica en el país, se acentuaría con la llegada a la Secretaría de Hacienda de José Ives Limantour al promover una centralización fiscal.

Los pueblos de los estados del norte, según el autor, tenían un margen de libertad con respecto al pago de contribuciones, la propuesta fiscal tenía como propuesta insertarlos a asumir esas obligaciones, lo que generó malestar y evasiones.

Sin embargo, no fue la reforma fiscal, ni las influencias espirituales de Teresa de Urrea sobre los pobladores de Tomochic el motivo de fondo de la rebelión, sino el despojo de sus tierras para facilitárselas a los empresarios.

La guerra inició en 1892, pero sus antecedentes muestran un escenario en disputa por intereses políticos y económicos. Con el soporte moral de las creencias religiosas, los tomochitecos emprendieron la defensa del territorio contra los impíos que intentaban arrebatarles lo que les pertenecía desde hacía décadas.

Una parte importante del libro de José C. Valadés lo contiene fragmentos de las publicaciones de Lauro Aguirre a la prensa, retomando la información que existe sobre el caso, además de “Tomochic” de Heriberto Frías. Sin embargo, no le quita mérito alguno al escritor sinaloense el externar su punto de vista tocante a Tomochic, al contrario, lo alienta a seguir discutiendo porque en la historia de México se han repetido situaciones como “Tomochic”.

Los rebeldes, contra todo pronóstico, ganaron algunas batallas, infringiendo el honor del ejército, pese al número de combatientes y capacidad bélica, con todo y eso fueron derrotados por los montañeses. Lo que llevó a aplicar la limpieza de los pobladores, para de una vez evitar la mediación del diálogo y la negociación en la zona de conflicto.

Los tomochitecos fueron acorralados en la iglesia y la casa de Cruz Chávez, líder de la revuelta; prisioneros del fuego como medida.  Cuenta Valadés; “los soldados gobiernistas se dieron a la tarea de rematar a los moribundos. La guerra había terminado. ¡Qué sangrienta, qué cruel!”

Los sobrevivientes se reorganizaron con los pobladores de Temosachic, teniendo el mismo resultado. El exterminio de Tomochic y Temosachic son políticas de Estado que persisten hasta nuestros días. Tomochic deja una gran enseñanza histórica; cuando los medios legales son insuficientes para arrebatarles las tierras a los campesinos, viene la guerra, y es la guerra el sello distintivo de un modelo económico que se enriquece mediante la violencia, y que vive por medio de la violencia.

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