El moderno Prometeo: por qué Mary Shelley sigue viva en su creación

Mary Shelley sigue viva en su creación

Por Eleana Carrasco

Cada 30 de agosto, el mundo literario y la cultura popular convergen para celebrar el Día de Frankenstein. Esta fecha no conmemora la animación de la criatura en la lúgubre plancha de un laboratorio, sino el nacimiento de la mente brillante que le dio vida: Mary Shelley. Nacida en 1797, Shelley no solo escribió una novela gótica que trascendería los siglos y las barreras geográficas; también sentó las bases fundacionales de la ciencia ficción, explorando dilemas éticos que resuenan hoy con una escalofriante vigencia en nuestra actual era de inteligencia artificial, manipulación genética y bioingeniería.

La historia de la concepción de esta magistral obra es tan legendaria como el monstruo mismo. Durante el oscuro y tempestuoso llamado “año sin verano” de 1816, recluidos por el clima inclemente en la mítica Villa Diodati, a orillas del lago Lemán en Suiza, una joven Mary, de apenas 18 años, aceptó el reto del poeta Lord Byron de concebir la historia de fantasmas más terrorífica posible. Mientras los poetas románticos consagrados que la rodeaban abandonaban el juego por falta de perseverancia, ella canalizó sus profundas tragedias personales y las crecientes ansiedades científicas de su época. Inspirada por las teorías galvánicas de la época, dio a luz a una pesadilla visceral que cambiaría la literatura para siempre.

Es un error común en la cultura popular, a menudo alimentado por las adaptaciones cinematográficas, confundir al creador con la creación. Victor Frankenstein es el científico ambicioso, el verdadero artífice del horror atrapado en su propia soberbia; su criatura, por otro lado, es un ser innominado, trágico y profundamente elocuente. Al leer las páginas originales de la novela, no encontramos a un autómata torpe que gruñe, sino a un alma atormentada que exige empatía. A través de la voz de la criatura, Shelley nos regala algunas de las reflexiones más desgarradoras sobre el abandono existencial:

“Debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privas de toda alegría sin haber cometido ningún mal”.

Esta exigencia choca violentamente contra un mundo superficial que lo margina por su apariencia. Al verse rechazado de manera sistemática por la sociedad y, lo que es peor, por su propio creador, el monstruo asume su trágico destino y pronuncia una de las sentencias más icónicas y amenazantes de la literatura universal:

“Ten cuidado; pues no tengo miedo y, por lo tanto, soy poderoso”.

Esa transformación de la inocencia primigenia a la crueldad más absoluta queda resumida en una línea que concentra toda su amargura y su dolor:

“Soy malvado porque soy infeliz… ¡Si no puedo inspirar amor, causaré miedo!”

A través de estos diálogos, Shelley transformó el terror superficial en una profunda exploración filosófica sobre la soledad y la ineludible responsabilidad moral del creador frente a su obra. Como bien advierte el propio Victor Frankenstein al reflexionar sobre su desgracia: “Nada es tan doloroso para la mente humana como un gran y repentino cambio”.

Y por eso Mary W. Shelley sigue viva en su creación, porque Frankenstein es, en su núcleo más íntimo, una devastadora autopsia de la soberbia humana. El subtítulo de la obra, El moderno Prometeo, no es una coincidencia decorativa. Al igual que el titán de la mitología griega que robó el fuego a los dioses, Victor usurpa el poder divino de dar vida. Sin embargo, su motivación no es el altruismo ni el beneficio de la humanidad, sino un ego desmedido y un narcisismo intelectual patológico. Frankenstein anhela ser venerado como el dios creador de una nueva especie, pero su arrogancia lo ciega por completo ante la fragilidad y las necesidades emocionales de aquello que moldea. Su soberbia le hace creer que dominar la mecánica de la vida es suficiente, ignorando el deber de sostener a la criatura. Por eso huye despavorido en el instante en que su obra, imperfecta y necesitada, abre los ojos.

En un mundo actual obsesionado con la innovación tecnológica sin frenos, donde jugamos a ser dioses creando algoritmos insondables, la novela de Shelley se alza como un espejo implacable de nuestra propia desconexión. Por eso hoy celebramos a la joven visionaria que comprendió que la verdadera monstruosidad no reside en un cuerpo ensamblado con retazos en un laboratorio.

El verdadero terror, nos enseñó Mary Shelley, habita en nosotros. Reside en esa soberbia desmedida que nos hace creer que tenemos el derecho a crear, dominar y avanzar sin detenernos a medir las consecuencias de nuestros actos. Habita en la ilusión egocéntrica de que podemos desatar fuerzas inmensas para después, sencillamente, abandonar aquello que alguna vez estuvo en nuestras manos. Más de doscientos años después, seguimos escuchando los pasos amenazantes de su criatura porque la vanidad de los creadores sigue intacta. Y quizá esa sea la razón por la que, cada vez que volvemos a abrir su libro, comprobamos con escalofrío que el mayor peligro no es la ciencia que avanza, sino la soberbia humana que se niega a mirar sus propios monstruos.

Mary Shelley sigue viva en su creación

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