Cuauhtémoc Cárdenas, una microhistoria de una familia de izquierda

Por Diego Angulo

Existen dos referentes importantes de la izquierda contemporánea de México: Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador. Para mí, de igual tamaño histórico. Hacer una comparación resultaría imposible, porque vivieron momentos y contextos distintos.

No abordaré esa comparativa ni quiero entrar en ese debate, pero tampoco es parte de este artículo abordar la importancia del ingeniero para la democratización del país, porque no me siento con la capacidad para hacerlo. En realidad, con su muerte, me volvieron algunos recuerdos. En ese sentido, solo quiero externar lo que vivía una familia donde ese liderazgo era conversación, vida cotidiana e idea. La historia matria o del terruño, en los términos de Luis González y González, es decir, la microhistoria, donde existe un espacio, un tiempo, una sociedad y un conjunto de acciones que le pertenecen.

Existieron innumerables historias y encuentros con el ingeniero Cárdenas. Incluso lo entrevisté en vivo para Mesa Reservada y coincidimos políticamente, junto con Alejandro Encinas, en un proyecto que se llamó «Por México Hoy». Pero hay una historia en particular que quiero contar, porque nos muestra las entrañas de lo que era el ingeniero para la familia y porque es un recuerdo muy importante de mi infancia asociado a él. Muestra cómo ese personaje estaba dentro de las tradiciones, los sentimientos y la intimidad de una familia de los años noventa.

Mi hermana Xóchitl cumple años en julio y, para sus 15 años, mi padre y mi madre decidieron organizarle un viaje para ellos tres. Era 1994. En el ejido, todas festejaban los 15 años, pero mi papá no era muy adepto a las tradiciones católicas y eso marcaba la agenda en la casa. Por ejemplo, nunca nos bautizamos de niños, a pesar de la preocupación y presión de mi mamá y mi abuela Margara, que tenían miedo de que nos muriéramos y no nos convirtiéramos en angelitos, o de que quedáramos en el limbo con el pecado original (alguna vez me lo dijo mi nana cuando era niño y también me preocupé).

La verdad, no sé si la resistencia de mi padre a la Iglesia era por ser juarista, porque la religión «es el opio del pueblo», según Carlos Marx, por el libro de Rius El católico preguntón que había en la casa, o por las tres razones. El asunto fue que el viaje fue un buen punto de negociación entre mi ama católica, mi apá ateo y los 15 años de mi hermana.

Todo estaba listo. Xitlali, Valen y yo, los tres hermanos que no íbamos a ir, ya estábamos encargados con una tía. De hecho, ese día Valen y yo andábamos pastoreando las borregas en la parcela de mi tio monchi, borregas que le habían dado a un grupo de mujeres del ejido a través del programa de Salinas, Mujeres en Solidaridad.

Pero era julio. Mi apá había ido a Angostura y posiblemente le liquidaron la cosecha, porque llegó al ejido y mandó por nosotros a donde estábamos pastoreando. No sé si fue mi primo José Ángel quien fue por nosotros y nos dijo: «Váyanse, también van al viaje». Él se quedó cuidando las borregas ese día y, pues, los días que estuviéramos de vacaciones.

Era tarde, teníamos que agarrar el camión, no teníamos ropa y mi apá dijo: «Allá les compro».

Recuerdo que era un camión Primera Plus, elegante. Tenía un refri al final, donde están los baños, con coquitas de vidrio y galletas que acabamos en poco tiempo. Era la primera vez que salía en un camión ejecutivo, solo habia andado en los los viejos camiones Dina, Cachito y Sinaloense que pasaban por el ejido para ire a guamuchil.

El camión nos llevaba a Michoacán. Ahí tomamos asiento en Uruapan y de ahí nos movíamos. Fuimos al parque Cupatitzio y a las cascadas de la Tzaráracua. Recuerdo que ahí me compraron unos tenis blancos y negros en la zapatería Canadá y unos pantalones SilverTab. Fuimos a San Juan Nuevo, a Pátzcuaro y a Janitzio.

Pero aquí es donde entra Cuauhtémoc Cárdenas. Michoacán es muy bonito, sin duda, pero a mi apá seguramente le pareció un buen destino porque se realizaría en Morelia uno de los cuatro cierres de campaña que hizo el ingeniero en aquella elección de 1994.

Fuimos al zoológico en la mañana. Recuerdo haberme impresionado por su tamaño, pero, sobre todo, porque tenía un oso polar.

En la tarde fuimos al mitin. El cierre se realizó frente a la catedral. Recuerdo que estábamos muy lejos del templete, en una esquina de la Plaza de Armas, casi montados en un macetero de un árbol grande para alcanzar a ver.

Ahí estábamos, en Morelia, en un mitin de la izquierda, en tiempos en que el PRI ganaba todo. Yo, de apenas 10 años; mi hermana pequeña, de 8; mi hermano, que apenas tenía 12; y Xóchitl, festejando sus 15 años (lago muy random). Mi apá y mi ama.

Ahí estaban mis mejores vacaciones, tanto que las recuerdo con tanta nitidez: los 15 años de mi hermana y el cierre de campaña de Cuauhtémoc Cárdenas.

Así de importante era el ingeniero, para una familia como la nuestra.

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