Por: Cruz Antonio González
A Iván Turguénev se le considera como uno de los escritores destacados de la llamada edad de oro en Rusia; maneja un estilo elegante y musical, su prosa es precisa, descriptiva y bella, como ninguna otra de sus contemporáneos.
Es considerado, junto con Pushkin, Tolstoi, Dostoievski y Chéjov como uno de los pilares de la literatura rusa, la misma que ha sorprendido con el aliento épico de “Guerra y paz” o el amor desdichado de “Ana Karenina”; la crisis existencial de “Crimen y castigo” o la devoción mística de “Los hermanos Karamázov”; la configuración de la literatura nacional de “Eugenio Onieguin” y el orgullo aristocrático del servicio militar en “La hija del Capitán”; las historias tragicómicas de “El pabellón número seis” o el conflicto generacional entre “Padres e hijos”.

Todos los autores evocan de alguna manera a su patria, porque para ellos Rusia es el mundo, así se encuentren en París o cualquier otro rincón de Europa. En esta ocasión nos encontramos frente a dos pequeñas obras completamente ajenas al curso de la escritura de Turguénev y de la tradición literaria aludida anteriormente. Estamos ante un escritor diferente, sorprende con dos escritos con matices innovadores, más cercanas a las barricadas francesas que a la estepa y la troika rusas.
Con “La ejecución de Troppman” y “Los nuestros me han enviado”, Turguénev se integra al universo francés desde la literatura. No hay que olvidar que vivió algunos años en París, y desde allí seguía escribiendo sobre Rusia, como si continuase viviendo en ella.
Turguénev es un escritor exquisito en su lengua, una escritura refinada. En esta ocasión aborda temas franceses como la revolución de 1789, que afectaron hondamente la literatura, siendo Víctor Hugo el portavoz desde el arte de narrar con la monumental obra “Los Miserables”, “93”, “Nuestra señora de París” y, no podía descartarse la trilogía novelesca de Anatole France con “Los Dioses tienen sed”, “La rebelión de los ángeles” y “La isla de los pingüinos”.

Lo de Turguénev es un bosquejo, no acerca desde su nueva posición, a los consagrados escritores franceses; expresa las impresiones sociales desde se perspectiva, el romanticismo heroico de los combatientes y el amor entre los humanos.
“La ejecución de Troppman” habla, vaya la expresión, de la ejecución de Troppman, acusado de un crimen en tiempos de la efervescencia revolucionaria y su símbolo por excelencia; la guillotina pública.
La narración gira alrededor de la ejecución, siendo la parte medular, adornada por las invitaciones exclusivas hacia ciertos personajes que tendrán el privilegio de observar la ejecución desde una distancia cercana, mientras el tumulto de la plebe se empellaba para tener la visión adecuada para presenciar el acto, o subirse a los postes para observar desde las alturas.
El narrador (Turguénev), funge también como el personaje principal, un observador más que juzga la manera de implementar la justicia en la modernidad. Goza de las relaciones suficientes para presenciar el crimen, no sin sentir nauseas, el resquebrajamiento de su débil cuerpo ante el horrible espectáculo.
La escena de la ejecución, los pormenores, las sensaciones de los presentes, la logística, lleva la mayor parte del texto. El sentenciado argumentaba no haber realizado el crimen que le imputan, sin embargo, Turguénev no abunda en los hechos para esclarecer el caso, va directo a la ejecución, sorprendiéndose de las algarabías del público asistente, como si gozara de tales eventos cívicos.
Como en la novela “Padres e hijos”, Turguénev entre en el dilema moral para resolver el conflicto, en este caso si es correcto o no el uso de la guillotina como medio para lograr el fin: la justicia.
“La ejecución de Troppman” permite a Turgénev abordar lo pertinente o impertinencia de la ejecución pública de los infractores de la ley.
La trama, más parecido a la crónica descriptiva, permite al autor llegar al punto central, la discusión entre el narrador con uno de los personajes que presenciaron a su lado la ejecución, y escritor en el Revue des Deux Monds.
“Hablamos de la barbarie inútil y superflua de todo este procedimiento medieval gracias al cual la agonía de un criminal dura treinta minutos… del asco por todos los disfraces, por el corte de cabellos, por los viajes por escaleras y corredores…”
fracmento de “padre de hijo” de Iván Turguénev
“-¿Con qué derecho se realiza todo esto? ¿Por qué se mantiene este rito indignante? ¿Es justificable la pena de muerte?”. El narrador, asumiendo la postura del autor, plantea una reflexión respecto a la pena muerte desde las bases morales de su época, por fortuna la pena de muerte fue abolida en Francia en 1981, muchos años después de los acontecimientos que habla Turguénev.
El otro texto “los nuestros me han enviado” es, como el autor lo denomina, “un episodio de las jornadas de junio de 1848 en París”. Turguénev se introduce a comprender las etapas de los procesos revolucionarios que dieron origen a la sociedad burguesa, al Estado moderno.
A groso modo habla de los enfrentamientos, las barricadas y las luchas de clases sociales. Trata un tema poco relevante que da pie al heroísmo en los detalles que poca atención llama, pero que son vitales porque suman para el triunfo o derrota de la lucha.
El envío de un anciano obrero (le llamaban blusón) hacia el domicilio de un escritor reconocido para comunicarle que su hijo está resguardado y que lo encontrará en una dirección que se le proporcionó, evitando con ello las preocupaciones de su paradero antes los múltiples conflictos sociales.
Los obreros son la resistencia, la lucha, la revolución… “hambrientos y miserables que pululan en las capas inferiores de las sociedades civilizadas”. Los obreros fueron traicionados al triunfo de la revolución, lucharon contra la monarquía y la decapitación de los reyes, mas el Estado y el poder quedó en manos de la burguesía comercial e industrial.
El famoso escritor quiso recompensar al blusón por el recado, éste negó todo apoyo o favor, solamente aceptó comida. Animado por el estómago lleno, el obrero se prestó al diálogo con el escritor, al que Turguénev evita nombrarlo, poniéndolo al corriente de los sucesos en cuestión.
“El gobierno provisional nos ha engañado; ha prometido mucho, no ha cumplido nada. No ha hecho nada por los trabajadores el gobierno provisional. Nos hemos comido nuestro dinero, no se encuentra trabajo, los negocios están paralizados… ¡Y llamamos república a esto! Entonces, morir por morir, nos hemos decidido”.
Esta pequeña narración nos habla de los contrastes humanos, de la bondad y destrucción contenida en el alma de los obreros que, por un lado, presta ayuda a un escritor, pero tiempo después incendiaron París y fusilaron rehenes.
Los contrastes que expone Turguénev son parte de los vaivenes de la revolución; si bien es cierto los obreros son destructores, en efecto, del sistema que los condena a esclavos asalariados; se luchaba contra el ejército oficial y la clase social que despojaba la fuerza de trabajo a los obreros quedándose con el fruto de su esfuerzo.
Se valora el intento de Turguénev por comprender los hechos revolucionarios en Francia, sin embargo, su visión es la de un novelista extranjero, y como tal, no entiende las causas motoras de los obreros ni pretende hacerlo, porque socialmente pertenece a la aristocracia rusa, por lo tanto, difícilmente simpatizará con las clases impulsoras de los acontecimientos de 1848.
Tal vez sean estos motivos por lo que no destacan estas dos obras en la bibliografía literaria de Turguénev. De cualquier manera, no desmerita en ningún sentido sus obras maestras escritas en lengua rusa, dejando una huella imborrable.
Quienes hemos tenido la fortuna de leerlo traducido al español, percibimos la belleza de su lenguaje, su realismo romántico y las historias de amor propias de su época.
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La literatura francesa en Iván Turguénev
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