El privilegio en La Primavera, el chantaje de los horarios y la herencia de los “precios narco”

precios narco

Por Eleana Carrasco

En CuliacĆ”n, la noche ha dejado de ser un espacio temporal para convertirse en un territorio en disputa, un lujo segmentado donde el reloj no avanza igual para todos. Mientras restaurantes, pizzerĆ­as, taquerĆ­as y pequeƱos comercios del Centro y de distintas colonias populares mantienen horarios asfixiantes y recortados, en La Primavera la realidad es diametralmente opuesta. En esta zona residencial, que concentra el mayor poder adquisitivo y exclusividad de la ciudad, los restaurantes, los bares e incluso un antro continĆŗan ofreciendo sus servicios durante varias horas mĆ”s, inmersos en una normalidad que parece estar estrictamente prohibida para el resto del municipio. 

El contraste no serĆ­a particularmente relevante si se tratara Ćŗnicamente de una diferencia aislada entre un par de establecimientos. Lo que resulta verdaderamente significativo —y alarmante— es que la restricción del horario nocturno se mantiene implacable para la inmensa mayorĆ­a de la ciudad, salvo negocios que habitualmente funcionaban de madrugada, mientras existen zonas blindadas donde esa misma noche continĆŗa funcionando sin contratiempos. Y aquĆ­ aparece una pregunta ineludible que merece ser planteada con total crudeza en la mesa pĆŗblica: Āæpor quĆ© el ciudadano comĆŗn en CuliacĆ”n tiene que seguir viviendo bajo un horario extraordinario y restrictivo, cuando dentro de la misma ciudad existen cĆŗpulas empresariales que ya operan con total normalidad nocturna en sus propios patios?

La respuesta exige mirar mĆ”s allĆ” del simple pretexto de la seguridad, porque el debate sobre los horarios ha sido hĆ”bilmente secuestrado. Resulta cada vez mĆ”s evidente que la negativa de ciertos grupos de empresarios a devolver los horarios normales —aquellos previos al ā€œculiacanazo eternoā€ā€” en los establecimientos ubicados en el exterior, es un mecanismo de presión directa. Se ha transformado en un chantaje polĆ­tico dirigido a desgastar al gobierno morenista. Mantienen a la ciudad sumida en un toque de queda autoimpuesto, utilizando el miedo colectivo y la zozobra como una herramienta para golpear a la administración estatal. Nos apagan las calles temprano bajo la bandera de una inseguridad inmanejable, pero esa supuesta crisis se evapora mĆ”gicamente al cruzar las casetas y plumas de acceso de sus zonas residenciales. Adentro de La Primavera, esos mismos dueƱos de negocios exigen y disfrutan de un estado de excepción a la inversa: allĆ” la noche sĆ­ es viable, allĆ” el esparcimiento estĆ” totalmente privatizado.

A este chantaje de los horarios se le suma una profunda e histórica hipocresía en torno a la crisis económica. Muchos de estos negocios hoy enfrentan cierres, recortes y pérdidas, y de inmediato las cÔmaras empresariales alzan la voz para culpar exclusivamente al gobierno estatal y federal. Omiten, de manera sumamente conveniente, la complicidad colectiva que sostuvo la economía de esta ciudad durante décadas. CuliacÔn celebró y se benefició de una economía inflada sistemÔticamente por el lavado de dinero y la narcocultura. Elevamos de forma ilógica e irracional los precios de los bienes raíces, las rentas, los servicios y hasta de la comida bÔsica en un estado que es líder pesquero y agrícola, simplemente porque el flujo de capital ilícito nos convenía a todos.

Hoy, que ese flujo de dinero del narco ha dejado de circular con la misma soltura y la economía local se contrae bruscamente, la culpa recae solo en las autoridades. Se niegan a aceptar que somos parte de este entramado y que la violencia económica de hoy es el costo de haber solapado la economía criminal de ayer.

La economĆ­a de CuliacĆ”n no va a mejorar si no bajan sus “precios narco”. Mantienen costos excesivos y abusivos en alimentos, bebidas y servicios, cobrando cuentas estratosfĆ©ricas como si la clientela siguiera financiĆ”ndose con efectivo ilĆ­cito. El ciudadano comĆŗn que gana su salario de manera honesta, sencillamente no puede costear una cena sobrevalorada que fue diseƱada para un mercado criminal. Para evitar el quiebre y reactivar el consumo local, se tienen que ajustar los precios a la realidad de una economĆ­a lĆ­cita. No seguir vendiendo comida a precio de oro mientras culpan al gobierno de que sus negocios estĆ”n vacĆ­os; la normalidad financiera requiere abandonar la fantasĆ­a de esos mĆ”rgenes de ganancia irreales.

Y en medio de este juego de poder y de precios inflados, existe una contradicción brutal que pocas veces aparece en la discusión mediÔtica: la situación de los trabajadores. Los restaurantes y establecimientos que funcionan hasta la madrugada en La Primavera no se atienden solos. Requieren cocineros, meseros, personal de limpieza y administradores que, en su inmensa mayoría, no viven en esas zonas residenciales. Cuando terminan sus jornadas a altas horas de la noche, estos empleados tienen que salir de la burbuja y regresar a sus colonias, atravesando el CuliacÔn que supuestamente resulta demasiado inseguro para que una pizzería del Centro permanezca abierta. Es decir, la noche y la diversión existen para el cliente privilegiado, pero el verdadero riesgo del regreso recae de forma exclusiva sobre la clase trabajadora. Cierran temprano sus negocios afuera para presionar al gobierno, pero exponen a su personal adentro por comodidad.

Curiosamente, mientras el centro de la ciudad y los grandes corredores comerciales apagan sus luces de forma anticipada, en algunas colonias alejadas la resistencia toma otra forma. Muchos pequeños negocios, cenadurías y comercios locales han logrado sostener sus horarios habituales y, con ello, han mantenido vivas sus calles. ¿La razón? Sus empleados son habitantes del mismo sector. Al no depender de largos y riesgosos traslados nocturnos que crucen la ciudad entera, estos comercios han demostrado que la economía nocturna puede sostenerse cuando existe un tejido logístico que protege al trabajador por cercanía. Esta resiliencia contrasta fuertemente con la parÔlisis impuesta desde los grandes capitales, demostrando que la ciudad no tiene por qué morir al caer el sol.

Una pizzería que cierra a las 8:30 de la noche deja de vender durante horas clave. Un restaurante que baja la cortina a las 9 pierde una parte vital de su jornada. Los trabajadores dejan de recibir ingresos y propinas correspondientes a esas horas. La recuperación económica no puede ni debe construirse con una ciudad que apaga sus luces por miedo, por revanchismo político o por aferrarse a precios impagables, mientras otra parte amurallada sigue haciendo negocios y desvelÔndose.

CuliacÔn no puede quedarse atrapado indefinidamente en la crisis de septiembre de 2024. Los horarios recortados tuvieron sentido como respuesta inicial a una emergencia, pero no pueden convertirse en la nueva normalidad dictada por el chantaje. La ciudad necesita recuperar sus horarios porque recuperar la economía también significa recuperar el espacio público para todos, sin privilegios y con precios justos. Si las condiciones han cambiado lo suficiente para que exista horario extendido en La Primavera, los empresarios tienen la obligación moral de devolverle la noche al resto de CuliacÔn y trabajar de la mano con el gobierno. Porque el CuliacÔn que puede cenar, celebrar y gastar a las once de la noche ya existe; la pregunta es hasta cuÔndo permitiremos que siga estando reservado solo para unos cuantos.

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