¿Por qué tantas mujeres arriesgan la vida para alcanzar un ideal de belleza? La violencia detrás de la cirugía estética

La violencia detrás de la cirugía estética

Por Jonatan Azbat Carrillo

La muerte de Adriana García, creadora de contenido originaria de Culiacán, quien falleció el pasado 21 de julio y cuyo deceso ha sido relacionado de manera extraoficial con una presunta cirugía estética, volvió a colocar sobre la mesa los riesgos de estos procedimientos y la presión que enfrentan las mujeres para modificar sus cuerpos.

En el Estado de México, tres médicos fueron vinculados a proceso por la muerte de una paciente que se sometió a una liposucción y un aumento de busto, un caso en el que se reportó una tromboembolia pulmonar.

Aunque las autoridades aún deben esclarecer las circunstancias de cada caso, para la antropóloga social e investigadora Itzel Avilez, hablar de cirugías cosméticas no puede reducirse únicamente a una decisión individual o a una cuestión de vanidad. Detrás de la necesidad de modificar el cuerpo existe un entramado social, cultural y económico que ha convertido la belleza en una exigencia permanente para las mujeres.

Su investigación, titulada Violencia estética y mandato de belleza sobre los cuerpos de las mujeres en el contexto de la narcocultura en Culiacán, Sinaloa: rumbo a estrategias de intervención social, analiza precisamente la relación entre los estándares de belleza, el contexto de violencia y la decisión de las mujeres de someterse a procedimientos cosméticos.

 La violencia detrás de la cirugía estética

La cirugía estética también puede poner en riesgo la vida

Itzel Avilez, licenciada en Antropología Social y maestra en Violencias de Género por la Universidad Autónoma de Sinaloa, explica que la belleza no es un concepto estático. Desde la antropología, señala, se ha estudiado cómo cada cultura y cada época construyen sus propios ideales sobre aquello que considera bello, aceptable o deseable. Sin embargo, estos estándares no operan de la misma manera para hombres y mujeres.

“Hay una diferencia muy grande entre cómo se concibe el mandato de belleza para las mujeres y cuáles son los estándares para que un hombre sea considerado bello, guapo o aceptable”, explica.

Itzel Avilez

La investigadora retoma el concepto de violencia estética acuñado por la socióloga Esther Pineda para referirse a las presiones y exigencias que enfrentan las mujeres para ajustarse a determinados ideales físicos. De acuerdo con esta perspectiva, dichos estándares están atravesados por el racismo, la gordofobia, el edadismo (la discriminación y el desprecio hacia las personas por su edad) y la misoginia.

Socióloga Esther Pineda

El problema, explica Itzel, es que estas exigencias se han normalizado al grado de que muchas mujeres crecen pensando que modificar su cuerpo no solo es una posibilidad, sino una obligación para alcanzar aceptación, éxito, amor o felicidad.

“Tenemos que tener un aspecto muy controlado: muy delgado o muy curvilíneo, siempre joven. Y esto es contrario a lo que el paso del tiempo y la vida misma le hacen al cuerpo”, señala.

El cuerpo de las mujeres como un proyecto que nunca termina

Para Avilez, una de las características más violentas de los actuales estándares de belleza es que nunca se alcanzan de manera definitiva.

Cuando una mujer logra adelgazar, el estándar puede cambiar. Cuando consigue un cuerpo delgado, aparece la exigencia de tener curvas. Cuando envejece, se le exige conservar una apariencia joven. Cuando cambia su cuerpo después de un embarazo, se le presenta la posibilidad de “recuperar” el cuerpo que tenía antes.

La belleza, bajo esta lógica, se convierte en un proyecto permanente.

“Siempre se están transformando estos estándares para que siempre haya una mujer más bonita que tú, más delgada que tú, más joven que tú o más blanca que tú”, explica.

 La violencia detrás de la cirugía estética
Itzel Avilez durante la manifestación del 8M

En este proceso, las redes sociales han tenido un papel fundamental. Las rutinas de cuidado de la piel, las dietas, el ejercicio extremo, las fajas, el bótox, el ácido hialurónico y las cirugías cosméticas forman parte de una industria que obtiene enormes ganancias a partir de la inconformidad de las mujeres con sus propios cuerpos.

La investigadora considera que no se trata de prácticas inocentes ni aisladas. La industria de la belleza, señala, es multimillonaria y ha encontrado en las plataformas digitales un espacio para convertir la inseguridad corporal en un nicho de mercado, especialmente entre mujeres jóvenes.

¿Qué tiene que ver la narcocultura con los cuerpos de las mujeres?

Una de las preguntas centrales de la investigación de Avilez es cómo el contexto de narcocultura en Culiacán puede influir en los estándares de belleza que se imponen a las mujeres. Su trabajo analiza la manera en que ciertos modelos corporales asociados con la feminidad, el lujo, el poder y el estatus se vuelven aspiracionales y terminan reproduciéndose socialmente.

En este contexto, cuerpos muy delgados pero con determinadas proporciones, senos y glúteos voluminosos, cinturas pequeñas, rostros modificados y una apariencia constantemente juvenil pueden convertirse en parte de un ideal que se repite en redes sociales, medios de comunicación y espacios cotidianos.

Sin embargo, Avilez aclara que la responsabilidad no puede colocarse exclusivamente en las mujeres que deciden operarse. Para ella, es necesario observar el contexto que produce esas decisiones: una sociedad que premia determinados cuerpos, castiga otros y constantemente transmite el mensaje de que la apariencia puede definir el valor de una mujer.

La violencia estética, desde esta perspectiva, no se limita a que alguien diga que una mujer es “gorda”, “fea” o “vieja”. También se encuentra en la presión constante para corregir, ocultar o transformar el cuerpo.

Las cirugías más solicitadas y las edades de quienes se someten

Aunque los rangos de edad más comunes para someterse a cirugías cosméticas se ubican entre los 20 y los 35 años, la investigara Itzel Avilez entrevistó durante su tesis para la titulación de la maestría a mujeres de entre 18 y 45 años. Entre los procedimientos más comunes que observó se encuentran el aumento de senos, el aumento de glúteos, la liposucción con lipotransferencia, la rinoplastia y el levantamiento de glúteos brasileño, conocido como BBL.

Para la antropóloga y maestra, resulta especialmente preocupante que mujeres cada vez más jóvenes comiencen a considerar este tipo de procedimientos como una meta personal.

“Es muy fuerte que (mujeres) chiquitas de 15 o 16 años ya estén pensando en hacerse una lipo, una rinoplastia o un aumento de senos cuando ni siquiera han llegado a la edad en la que van a tener el cuerpo completamente desarrollado biológicamente”, señala.

La presión no surge de la nada. Las adolescentes y las jóvenes están expuestas de manera constante a imágenes editadas, filtros, cuerpos modificados y discursos que presentan la cirugía como una forma de alcanzar una versión “mejorada” de sí mismas.

“Después de operarme voy a ser feliz”

Uno de los elementos que más llamó la atención de Avilés durante su investigación fue el imaginario que se construye alrededor del “después” de una cirugía.

Muchas mujeres conocen los riesgos de una intervención quirúrgica. Saben que puede haber complicaciones e incluso que existe la posibilidad de morir. Sin embargo, en muchos casos, la recompensa imaginada parece ser más grande que el riesgo.

Después de una liposucción, algunas pueden pensar que serán más felices. Después de un aumento de busto, que conseguirán pareja. Después de una abdominoplastia, que recuperarán el cuerpo que tenían antes de un embarazo. Después de una cirugía, que finalmente podrán sentirse cómodas consigo mismas.

El problema, explica la investigadora, es que no existe evidencia de que una modificación corporal garantice por sí misma el bienestar emocional permanente.

“La sociedad misma te premia por operarte, por estar más delgada y por mantenerte siempre joven, pero realmente nunca es suficiente”

Itzel Avilés

El ideal cambia constantemente y, con él, también la inconformidad.

Toda cirugía implica un riesgo, incluso con personal certificado

Uno de los puntos que Avilés considera más importantes es dejar de pensar que las complicaciones únicamente ocurren cuando una persona se opera con alguien sin certificación o en una clínica clandestina. Las condiciones irregulares pueden aumentar los riesgos y deben ser investigadas cuando existen, pero una cirugía continúa siendo una intervención médica que puede generar complicaciones incluso cuando se realiza en un espacio certificado.

“Puedes tener el quirófano más antiséptico del mundo y al mejor cirujano de México, pero el cuerpo siempre puede reaccionar de formas adversas”, explica.

La muerte de Adriana García, ocurrida en Culiacán, permanece bajo una versión oficial pendiente respecto a sus causas, pues la Secretaría de Salud de Sinaloa señaló que no contaba con información oficial sobre el caso y que las investigaciones correspondientes tendrían que determinar lo ocurrido.

Por ello, la investigadora considera que no debe transmitirse la idea de que elegir a un profesional certificado elimina completamente el riesgo.

“Las cirugías siempre implican un riesgo”

Itzel Avilez
La violencia detrás de la cirugía estética

Antes de cambiar el cuerpo, cuestionar por qué se quiere cambiar

Itzel Avilez no plantea que las mujeres deban ser juzgadas por decidir someterse a una cirugía cosmética. Su cuestionamiento está dirigido a la sociedad que construye la idea de que una mujer necesita modificar su cuerpo para ser más valiosa, deseable o feliz.

Por ello, antes de tomar la decisión de someterse a un procedimiento, considera importante preguntarse cómo se encuentra emocionalmente la persona, qué tan satisfecha está consigo misma y si realmente desea modificar su cuerpo o si está intentando resolver una inconformidad que puede tener raíces más profundas.

“¿Realmente cambiar mi cuerpo me va a hacer más feliz por conseguir la belleza según estándares?”, cuestiona.

También considera fundamental que, si una persona decide realizarse una cirugía, lo haga en un espacio certificado, con información suficiente y conociendo los riesgos reales del procedimiento. Pero insiste: ninguna certificación puede convertir una cirugía en un procedimiento completamente libre de riesgos.

“¿Por qué no estamos hablando de nuestros sueños?”

La investigadora reconoce que hablar de este tema le genera tristeza, desesperanza y enojo.

No únicamente por las mujeres que han muerto durante o después de procedimientos cosméticos, sino por una sociedad que, desde edades cada vez más tempranas, enseña a las mujeres a concentrar una parte importante de su vida en modificar su apariencia.

Avilés cuenta que le indigna entrar a grupos de mujeres en redes sociales y encontrar diariamente publicaciones en las que jóvenes preguntan qué médico recomiendan para hacerse una liposucción, aumentarse los senos, modificar sus glúteos o realizarse una rinoplastia.

“¿Por qué las morras no estamos hablando de filosofía? ¿Por qué no estamos hablando de nuestros sueños? ¿Por qué no estamos hablando de publicar libros?”

cuestiona Itzel

Su pregunta resume el centro de su investigación: qué pasa cuando una sociedad consigue que las mujeres crezcan creyendo que su principal proyecto debe ser transformar su cuerpo.

Para la antropóloga, el problema no es únicamente que una mujer quiera cambiar su apariencia. El problema es que tantas mujeres hayan aprendido a sentir que deben hacerlo. Y cuando la presión por alcanzar un ideal de belleza se vuelve tan fuerte que lleva a las mujeres a poner en riesgo su salud e incluso su vida, la discusión deja de ser sobre vanidad.

Se trata de violencia estética.

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